13 de noviembre de 2019
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Oeste castellano

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GUSTAVO A. MUÑOZ

Gibson recorre España como doña Juana: con un ataúd a cuestas

Cultura es la naturaleza manipulada por el hombre para su bienestar, por eso la primera cultura es la agraria. El hombre, como cualquier animal, necesita comer para hacer cualquier otra cosa, por ejemplo, pensar en cómo multiplicar los alimentos que antes se limitaba a recolectar. Ahora, en nuestra incomensurable cursilería, llamamos cultura exclusivamente a las manifestaciones humanas más sublimes. El arte plástico y la música son las expresiones más sensibles de la inteligencia que sólo posee, en el reino animal, el hombre, esencialmente porque buscan la belleza, cosa, que por otra parte, está en conexión con la contemplación religiosa: bien y paz.

La política actual española, impregnada por la socialdemocracia a izquierdas y derechas, ha encasillado a la Cultura en el baremo ideológico. El ejemplo incontestable es el cine. En España, donde no habría este “arte” si no estuviese subvencionado porque no despierta el interés general, se rinde culto a directores que no tienen ni una película salvable, ni desde el punto de vista técnico ni dramático, que en Hollywood hubiesen sido el hazmerreír, un Ed Wood más. Una curiosidad del subgénero. La diferencia es que Wood fue analizado artísticamente, y en España ese análisis es puramente de baja política, la que determina si se es bueno o malo según los guiños que haga a la corrección imperante.

Javier Marías rechazó el Premio Nacional de Narrativa porque no quería ser ni utilizado ni encasillado por intereses partidarios. José Hierro evitó durante mucho tiempo pertenecer a la Real Academia de la Lengua hasta que llegó un momento en que rechazarlo suponía una suficiencia que no coincidía con su pensamiento y temperamento. Bien es verdad, que los premios y galardones suponen para el artista español, generalmente mal retribuido, una especie de compensación social, que si no suele resolver su vida, le presta algo de aire. Sin embargo, la excesiva proliferación de premios desprestigia a quien los convoca y a quienes lo reciben. Que una panda de concejales determine lo que es arte o no, cultura o incultura no es de risa, es preocupante. Si para ser jurado se ha exigido lo mismo que para ser edil, el resultado es fácilmente presumible.

Argamasilla de Alba es una localidad manchega que tiene sus premios, como casi todas las poblaciones españolas. Según informaba este mismo diario, acaban de dárselo al hispanista Ian Gibson. Argamasilla está en esa lucha, con otras poblaciones, contra los gigantes que parecen molinos de viento que pretende determinar cuál es el lugar irrecordable. Digo que son gigantes que parecen vulgares molinos de viento porque es un combate por un imposible. Aparte de lo que supone ignorar la evidente intención del autor, determinar el lugar de la Mancha será improbable por siempre, esencialmente porque jamás se podrá contrastar el dato: el que lo escribió murió hace mucho tiempo. Todo lo demás es especulación.

Pero los munícipes de Argamasilla han creído ver en un trabajo videográfico de Gibson un respaldo a sus intereses turísticos y le han otorgado el premio local. Eso, al hispanista, no le reporta más prestigio del que tiene y que se asemeja bastante al de la reina Juana de Castilla en que ambos andan paseando por España un ataúd, en el caso de don Ian, vacío, aunque con la promesa de cuarenta años para llenarlo de los restos de Federico García Lorca.

Conociendo lo que se sabe del poeta y de las amistades que frecuentaba, se podría asegurar que Gibson nunca habría pertenecido a su entorno de amigos. Es más, esta recurrente apelación a un episodio lamentable de la Guerra Civil -como los muchos que se suelen suceder en las contiendas entre nacionales- le habría merecido la expulsión destemplada. Este señor habría sido mandado a paseo al estilo que gastaba Ramón Gómez de la Serna cuando llegaba algún advenedizo a su tertulia en el café de Pombo recitando lugares comunes y latiguillos. Le hubiese enseñado la puerta el gran Ramón con cajas destempladas, lo más acorde, por otra parte, para uno que se pasea con la propia de los muertos.

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