15 de noviembre de 2019
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Oeste castellano

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GUSTAVO A. MUÑOZ

Talavera no huele a pueblo

Vivir es un acto involuntario y morir también, a no ser que seas un suicida varón, porque un estudio dice que las mujeres lo intentan más pero no lo consiguen, seguramente porque esperan que su príncipe azul les vaya a rescatar y si no aparece dejan el asunto para otro día.

La cuestión, por tanto, no es vivir, sino dónde se vive. Ya sabemos por Rilke que “la verdadera patria del hombre es la infancia”. Es decir, aunque uno haya nacido en Quintanar de la Orden, un suponer, pero haya sido criado en Mataró, otro suponer, puede que acabe creyéndose de la raza superior. Por poner otro ejemplo, cabe incluso la posibilidad de que siendo de Molina de Aragón te hayan criado en Archena y te creas que el Tajo es tu río, lo cual no tendría falta de razón, porque lo es en tu nacimiento y en la vivencia de infancia y adultez, aunque en este último caso porque el río, gracias al trasvase, corre al revés, lo que no deja de ser el cumplimiento de una vieja aspiración poética.

Total, que la infancia es lo que cuenta, por muchas historietas que nos quieran colocar los troleros que ahora ocupan las escuelas públicas, la política y la presidencia del Gobierno. Uno, que es de Talavera de la Reina, tiene olidos los ríos que la enmarcan cuando corrían reciamente y ahogaban a dos o tres personas por temporada veraniega. Luego también lo olfateó, ayudado por su destacable apéndice nasal, cuando dejó de ser alegre y se convirtió en un sitio donde pasear por la ribera era intimar con ratas de imponentes proporciones. Finalmente hemos disfrutado de un saneamiento que al ecologismo le sentó mal, pero que nos ha vuelto a poner de paseo por la orilla, sin bañarnos, y oliendo regular, como a estanque.

Ello no ha impedido que la ciudad o pueblo grande y con pretensiones ilustradas con altas edificaciones, haya dejado de oler mal. Hay unos individuos que se oponen a las grandes granjas de porcino, de las que Talavera fue emblema nacional, aunque sus políticos lo ignoren. Temen, según dicen, los malos olores, como si no existiesen, y en este caso no del porcino, sino de los humanos. Talavera en verano huele a lo que depone y mingita el vecindario, aunque gasta fuertes sumas en presunta limpieza viaria y no menos en el mantenimiento de la red de saneamiento. Pese a los millones que pagamos los ciudadanos por esos presumibles servicios, la ciudad huele a montuno los cálidos meses del verano. Realmente es mejor aproximarse al Tajo, porque aunque el agua esté estancada, el ambiente es más natural que en el interior del casco urbano.

Conmueve pues la crónica del periodista que describía la presencia de Felipe VI en Aguilar de Campoo -Palencia-, donde, según afirmaba el cronista, huele en toda la población a las galletas que fabrica Gullón. Eso sí que es la patria de la infancia.

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