22 de noviembre de 2019
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Oeste castellano

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Gustavo A. Muñoz

Nadie ha felicitado a José Bravo por su defensa de la mujer 

José Bravo es el norteamericano que fue a visitar Barcelona y casi le matan por ser buena persona. El hombre se había creído que lo de defender a una mujer maltratada estaba bien visto, que incluso prevalecía ese orgullo de caballerosidad en defensa de una dama en apuros. A día de hoy, cuando ya ha regresado a su país, nadie con representación institucional le ha llamado para preguntar por su salud, para expresarle el agradecimiento general por su noble acción, para ofrecerle apoyo en su denuncia por el manifiesto intento de asesinato de que fue víctima. 

Desconocemos si la mujer en cuya defensa salió Bravo ha recibido algún apoyo de Ada Colau y sus huestes. Si las organizaciones feministas van a organizar una manifestación contra los manteros maltratadores que actuaron como una banda entrenada para hacer prevalecer su actitud delictiva. Si Carmen Calvo va a decir algo que no sea una de sus genialidades al respecto. 

Un primer ministro australiano, John Howard, dijo en 2007 estas palabras, ante la creciente presión de la inmigración contra la cultura y forma de vida local: 

“Aceptaremos sus creencias, y no le haremos preguntas. Pero daremos por hecho que usted acepta las nuestras, y vive en paz y armonía con nosotros. Si la cruz le ofende, o no le gusta, entonces usted debería considerar seriamente marcharse a otra parte de este planeta. Somos felices con nuestra cultura y no tenemos ningún deseo de cambiarla, y realmente no nos preocupamos cómo hizo usted las cosas en su lugar de procedencia. Le cueste lo que cueste, proteja su cultura, pero no fuerce a otros. Este es nuestro país, nuestra tierra y nuestro modo de vivir, y le permitiremos la oportunidad de disfrutar de todo esto. Pero una vez que usted se queje, lloriquee, y no acepte nuestra bandera, nuestra promesa, nuestras creencias cristianas o nuestro modo de vivir, sinceramente le animo a hacer uso de otra gran libertad australiana: el derecho de marcharse". 

Los manteros agresores de Bravo son de la misma calidad de los que saltaron la valla de Ceuta a cal, fuego y mierda -con perdón- sin que se sepa por qué nuestras fuerzas de seguridad están impedidas de utilizar medios similares, de los que les hemos dotado, para rechazar estas invasiones violentas. El valiente norteamericano se marcha consternado, según él mismo ha declarado. Ser un noble “cawboy” en el oeste de norteaméricano o un quijote en la España actual puede ser considerado como mero machismo. 

A Sara López Calo tampoco la ha visitado el feminismo, ni Carmena ni ningún otro heraldo de la bondad universal después de que fuese pateada por una docena de manteros en plena Gran Vía de Madrid que la ocasionaron varias fracturas, una de ellas de pelvis. También se llevaron por delante a su madre, en silla de ruedas. Caminar por la Gran Vía va a terminar siendo una exclusiva libertad de los subsaharianos, como en época de Enrique Tierno Galván, el, sin duda, peor y más corrosivo alcalde que ha tenido la capital. 

Ser un invasor violento, chulesco y matón, es una cualidad digna de conmiseración para las clases dirigentes de este país, que luego no tienen que convivir con ellos y sus reaccionarios comportamientos en los barrios más humildes de España. A eso el progresismo, la socialdemocracia imperante, le llama “bienestar social”, o sea, el suyo, porque los malos tragos se lo embaulan otros españoles menos agraciados por la seguridad que prestan los dineros públicos. 

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