15 de noviembre de 2019
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Oeste castellano

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GUSTAVO A. MUÑOZ

Olmedo, el hombre que nunca decepciona

Es uno de los pocos talaveranos que nunca decepcionará a nadie. Tengo conciencia de lo que acabo de escribir. Todos, en algún momento de nuestra vida, ¡perdón!, de la vida de quienes nos aguantan, provocamos su vergüenza por lo que hacemos o decimos, empezando por nuestros padres, siguiendo con nuestros amigos o destinatarios de nuestro trabajo y relación social cotidiana. Jaime Olmedo no lo hará nunca, y lo noté por tercera o cuarta vez en el homenaje que el día 26 de enero se tributó a mi gran, íntimo, querido y presente amigo el periodista Jesús Javier Rodríguez Gallardo.

Jaime Olmedo ha incorporado a su talento una extensa, densa e internacional formación, y en cada una de esas pocas ocasiones en que le he oído hablar, no sólo no decepciona con respecto a la anterior, sino que impresiona por su notable progreso sobre sí mismo, no porque sea ocurrente o campechano, sino porque, contra la corriente de dicharacheros contemporáneos, sigue la máxima unamuniana de liberar un pensamiento denso al mismo tiempo que comprensible para todos nosotros, el común.

El otro día nos habló, al mismo tiempo, de las cualidades personales, profesionales y de principios de Jesús Javier, y del ejercicio del periodismo. De deontología. Entre otras muchas cosas hizo ese llamaminto en que Julián Marías estaba empeñado en los últimos años de su vida para convencer a los políticos de analizar la realidad, y no los mundos sutiles que ellos mismo describen con desigual resultado. Olmedo lo indicaba para el periodismo, y uno interpreta que nos inducía a contar lo que realmente pasa, no lo que otros dicen que pasa, que, por lo demás, era en lo que estaba J.J.

Nos dio una lección de ejercicio profesional acudiendo a fuentes solventes. O sea, no era él quien recomendaba, sino que resaltaba, como si él mismo fuese periodista, lo dicho al respecto por importantes personalidades del pensamiento. Y esa es la grandeza de Jaime Olmedo, que no se permitió ni un segundo de soberbia egocéntrica. ¡Oiga, esto que les digo no es de mi caletre, sino que me he preocupado en estudiarlo! Aunque hilvanar lo que dijo sí que era talento suyo, como el acierto en el dato pertinente. Admirable, en un mundo en el que cualquier paisano se siente revestido de autoridad experta en asuntos que ignoraba el día antes de ser elegido concejal.

El lector avieso pensará que escribo esto para conseguir una felicitación personal de Olmedo. De lo que trato es de agradecer públicamente el entrañable cariño que demostró con su brillante intervención a Jesús Javier Rodríguez Gallardo y por extensión a su familia y a nosotros, sus amigos. Tengo delante de mí una fotografía del hermano desaparecido que es como el retrato de Dorian Gray pero al revés: Jesús Javier siempre será joven y mantendrá las virtudes enumeradas por Olmedo, y nosotros iremos envejeciendo con creciente mala uva hasta que Dios disponga.

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