15 de noviembre de 2019
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Oeste castellano

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GUSTAVO A. MUÑOZ

La oportuna Comisión de la Verdad que propone Pedro Sánchez

Acertada la decisión de Pedro Sánchez de crear una Comisión de la Verdad. España necesita saber si el presidente la ha dicho en alguna ocasión. Prometió elecciones inmediatas a su toma de posesión y, de momento, se le ha olvidado; criticaba las devoluciones en caliente de inmigrantes salteadores de fronteras y ahora las practica él masivamente; dijo que derogaría la reforma laboral y no encuentra el momento; calificaba los presupuestos de Rajoy como insolidarios e insociales y gobierna con ellos; calificó a Torra de xenófobo y racista y ahora parece su relaciones públicas personal; dijo que el PSOE nunca pactaría con el populismo, y gobierna gracias a ellos...

Efectivamente a Pedro Sánchez le hace falta una comisión de la verdad o una máquina en su defecto. O quizás un interrogador de la Guardia Civil o de la Policía, porque según se le van viendo las maneras, a este tipo no se le saca una verdad ni hartándole de vino. Él quiere distraer al personal con una comisión pinturera sobre la Guerra Civil de la que salga que los republicanos eran unos santos y Franco un malvado. Pero ese asunto ya está muy estudiado y documentado, aunque Sánchez no lo sepa porque, seguramente, no ha tenido tiempo de leer, dadas sus intensas ocupaciones. Gratuitamente se lo resume un servidor.

La Guerra Civil sobrevino después de que la República se pasase cinco años persiguiendo a la burguesía y la Iglesia, destrozando el patrimonio nacional y quemando importantes bibliotecas, a la vez que practicaba el desenterramiento de cadáveres en los templos quemados, afición que pervive en Sánchez, y hacía un ensayo general de guerra civil, tantas veces anunciada por Largo Caballero, en Asturias y Cataluña, donde se asesinó a varios miles de personas, también como entrenamiento para lo por venir. La culminación fue el día en que el Estado republicano se convirtió en terrorista al enviar a la fuerza pública a matar a los jefes de la oposición, lo lograron con Calvo Sotelo y José Antonio, mientras que Gil Robles consiguió escapar a Portugal gracias al chivatazo de un socialista. Cuando el gobierno convierte al Estado en terrorista, el propio Estado desaparece y queda la anarquía y la barbarie. Contra eso se sublevó parte del Ejército y parte de la población, no contra la arcadia democrática que describe el Frente Popular, entre otras cosas, porque no existía. Franco fue el más leal a la república, porque avisó en varias ocasiones por escrito al Ministro de Defensa que se hizo el desentendido porque el deseo íntimo del Gobierno es que se produjese esa sublevación y justificar así una represión violenta, al estilo soviético, de los ciudadanos no afines.

El asesinato de Calvo Sotelo abrió las compuertas a la parte más abyecta de ciertos sujetos, que comenzaron una represión violenta con asesinatos, violaciones, torturas y robos que terminaron el mismo día de la capitulación. Entonces llegaron los ganadores, de los que seguramente los llamados por sí mismos rojos, esperaban una declaración del tipo: “¡Bueno, habéis matado a nuestros padres, hermanos, abuelos, hijos y primos, pero lo importante es que vosotros estéis bien!”, sin embargo, se encontraron con una actitud idéntica a la de ellos, al fin y al cabo todos somos españoles, y se vengaron. Como se sabe, la venganza es incontrolable para el que la practica y se alimenta a sí misma, como ya se venía viendo desde el 36.

Lo que vino después fue un esfuerzo general, de todos, por restañar heridas y retornar a la normalidad. Por lo general, y salvo excepciones, de la guerra se hablaba poco en los hogares, porque los malos recuerdos tienden a olvidarse y por el afán de esa generación de no trasladar sus odios a los descendientes. Una de esas excepciones es Pedro Sánchez, que desea rehabilitar el enfrentamiento de otros tiempos, de otras circunstancias sociales. Quiere traer al presente, por lo visto, los desfiles militares de UGT y anarquistas volviendo de la Casa de Campo al centro de Madrid; el sentimiento de los chequistas; el de las escuadras de Falange como único interposición entre rojos y la burguesía que despreciaba y perseguía; el desmantelamiento de las iglesias, que de eso se trata en El Valle de los Caídos...

A Pedro Sánchez no se le conoce una verdad dicha, aunque eso se podría considerar ajustado a la circunstancia de que su cargo de presidente tampoco es verdadero en una democracia que se precie de serlo. Más que una máquina o comisión de la verdad, le hacen falta más lecturas independientes sobre la guerra y algunas arrobas de pastillas de buena voluntad.

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