Viento de La Mancha

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RICARDO CHAMORRO

Maquiavelo y el nuevo PP

Parafraseando al pensador católico Juan Donoso Cortés, Pablo Casado afirmó en el Congreso de su partido: “Hay que unirse, no para estar juntos sino para hacer algo juntos”. Casado planteo la regeneración, la unidad a favor de unos determinados principios, la vuelta al orgullo de ser del PP, y terminó ganando el Congreso a Soraya Sáenz de Santamaría, no sin que se produjeran importantes heridas, los verdaderos cambios son siempre dolorosos en un primer momento.

La caída de Arenas

La lucha a cara de perro entre los dos candidatos ha contado con importantes dosis de estrategia y se ha cobrado una pieza importante que en Castilla-La Mancha tenía una gran influencia, particularmente en Ciudad Real, y que no es otro que Javier Arenas.

Cospedal se ha vengado de este personaje, que no se lo puso nada fácil al principio en esta región. La influencia de Arenas ha puesto y quitado presidentes provinciales, ha impuesto cargos y marcado directrices, ha sido nefasto para la autonomía del partido en Castilla-La Mancha hasta que llegó Cospedal.

Consejos de Maquiavelo

No obstante una vez que se ha vencido a la candidata del stablishment financiero-político-progre, Pablo Casado no lo tendrá fácil y son muchas las dificultades para que el PP vuelva a ser la referencia y levante el sector de centro-derecha nacional dándole vigor. Para luchar contra la unión de izquierda y separatistas, el centro-derecha nacional debe contar con fuerza y unidad, por ello sería importante desechar lo accesorio y cuidar lo que aglutine a ese sector político y a su derecha social.

"Contra una determinada fuerza, el hombre debe oponer otra por lo menos igual si se la quiere resistir; y para vencerla hará falta poner otra mayor. Con soluciones medias nada se consigue". No lo dijo santa Teresita de Lisieux, claro, sino Nicolás Maquiavelo, un hombre tan citado como poco leído, y con una malísima fama en la cultura tradicional española. La cuestión es si en la política real de 2018 se puede hacer política sin tener en cuenta a Maquiavelo.

La máxima responsabilidad de un político, y de quien le asesore, es conquistar, conservar, reforzar y gobernar con éxito su Estado. Raramente esto se hace por dejación o por inercia, sino por ejercicio de una firme voluntad. "Todo lo que se necesita para luchar contra el futuro está escondido en el pasado, y el hombre sabio busca ese conocimiento en la Historia". ¡Y esto sigue siendo verdad en medio de la generación de adultos que menos historia clásica lee!

"Somos criaturas débiles que caemos ante el menor cumplido, hasta el punto de que un gobernante puede mantener a su lado a una panda de ineptos si éstos le dicen lo que él quiere oír. Como resultado, aquellos hombres que de verdad resultan valiosos se alejarán de su lado y el gobierno que sustentan se vendrá abajo". ¿No suena tan inmoral este "maquiavelismo", no es cierto? Quizá Maquiavelo deba su mala fama, más que a otra cosa, a haber puesto por escrito verdades permanentes de la política que resultan molestas cuando uno se ha apartado de ellas, y en especial cuando ha de pagar las consecuencias de esa elección.

"Un gobernante debe ser tan despiadado como las llamas del infierno con sus enemigos, y mostrarse severo consigo mismo y sus aliados. Así podrá repartir justicia, orden y estabilidad entre quienes se unan a él. ¡He ahí el retrato de un líder que quiere proteger su Estado!... Pero eso no es todo. Hay otro peligro del que todo gobernante debería guardarse. ¡El desdén!". No es una buena opción ser débil con los fuertes, fuerte con los débiles, ni renunciar a tener una política propia y definida buscando el éxito en la aceptación de las opciones del rival. Así, lo único que se puede llegar a conseguir es ser un eterno segundo, una eterna "leal oposición" incluso cuando uno formalmente obtenga la mayoría o los cargos institucionales, si renuncia a ejercerlos a fondo. Eso no es una meta política.

"Ni subordinados ni súbditos serán leales a un hombre incapaz de protegerlos!". Maquiavelo no escribió en el siglo XVI ni debe ser leído hoy como un legitimador de la crueldad y la inmoralidad, sino como un teórico de la verdadera política en lo que ésta tiene de universal y permanente. Y eso pasa por la coherencia con uno mismo, y si no es que se está yendo en otra dirección. No fue casualidad que en el PP, el partido del humanismo cristiano, se hablara positivamente del aborto. No fue casualidad que en  el PP, el partido fundado por José Maria Aznar, se insultara y marginara al ex presidente fundador, mientras se agasajaba a lideres mediáticos enemigos declarados del Partido Popular y sus principios. No es coincidencia que en el partido de la unidad nacional y de la lucha contra el terrorismo se despreciaran a determinadas víctimas del terrorismo e incluso se les tachara de ultras. Ni es porque sí que hubiera una confusión de políticas entre los grandes partidos, a modo de abuso de la tolerancia y el consenso. Algo pasaba, seguramente fuera una confusión generalizada entre las metas de las personas concretas y los objetivos políticos.

 Lo cierto es que la realidad supera a lo que escribió el florentino, y que la relectura de Maquiavelo puede ayudar a renovar ideas y estimular a los que deciden en el sector de centro derecha, adaptándolo a nuestros tiempos.

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